Seguro que esta frase te suena, aunque sea en versión actualizada tipo “es que no hay quien lo entienda”. Y claro, cuando algo no encaja en la pareja, siempre resulta tentador pensar que el problema viene de “otro planeta”. Es una explicación cómoda: si el otro es tan distinto, poco margen de maniobra hay. Pero vamos a bajarlo a tierra, porque no, tu pareja no viene de Venus… aunque a veces, en mitad de una discusión, pueda parecer que habla en otro idioma sin subtítulos.
La realidad es bastante menos misteriosa y mucho más humana: cada persona llega a una relación con su propio mapa emocional, construido a partir de lo que ha aprendido sobre el amor, el conflicto y la forma de vincularse. Hay quien necesita hablar para sentirse bien y quien necesita silencio para no desbordarse; quien busca cercanía constante y quien necesita espacio para regularse. El problema no es que existan estas diferencias, sino que solemos interpretarlas desde nuestro propio filtro, como si la forma del otro fuera incorrecta en lugar de simplemente distinta.
Uno de los clásicos de pareja ilustra muy bien esto: una persona necesita hablar para aclararse, mientras la otra necesita tiempo para calmarse antes de poder hacerlo. Lo que ocurre entonces no es tanto falta de amor como una mala traducción emocional. Quien busca conversación puede sentir que el otro se aleja, mientras quien se retira puede sentir que la situación le supera. Y así, sin darse cuenta, ambos acaban convencidos de que el problema es el otro… lo cual, curiosamente, no suele ayudar mucho.
Aquí entra en juego una pequeña trampa bastante habitual: esperar que la otra persona reaccione como nosotros lo haríamos. Desde dentro tiene todo el sentido del mundo, pero fuera de nuestro propio mapa emocional ya no es tan evidente. Y no porque el otro esté equivocado, sino porque ha aprendido a funcionar de otra manera. El verdadero problema no es la diferencia, sino convertirla en una prueba de que algo falla en la relación.
Por eso, aunque no suene especialmente romántico, lo que realmente sostiene una pareja no es pensar igual, sino desarrollar cierta capacidad de traducción. Preguntar antes de asumir, intentar entender antes de juzgar y, sobre todo, aceptar que el otro no tiene por qué reaccionar como nosotros para que lo que siente sea válido. No es magia, pero suele evitar bastantes discusiones circulares (de esas en las que nadie gana, pero ambos acaban agotados).
Así que no, probablemente no sois de Marte y Venus. Sois dos personas con historias distintas intentando entenderse… a veces mejor, a veces peor, y en ocasiones con más paciencia de la que creíais tener.
La próxima vez que pienses “es que no hay quien lo entienda”, quizá la pregunta no sea qué le pasa al otro, sino desde dónde está actuando. Porque a veces, lo que parece distancia es protección, lo que parece frialdad es saturación y lo que parece desinterés es simplemente otra forma —menos evidente— de estar.
Entender esto no lo soluciona todo, pero cambia algo importante: deja de colocarte frente a tu pareja… y te coloca un poco más a su lado.
El diván del Palmar
Lorena Almécija Bordón
Psicóloga General Sanitaria

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